26 de junio de 2026

Jue
25
Jun
Vie
26
Jun
Sáb
27
Jun
Dom
28
Jun
Lun
29
Jun
Mar
30
Jun
Mié
01
Jul

Evangelio del día

San José María Robles Hurtado

Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud.
Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: Señor, si quieres, puedes purificarme.
Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: Lo quiero, queda purificado. Y al instante quedó purificado de su lepra.
Jesús le dijo: No se lo digas a nadie, pero ve a presentarse al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio.

Señor, me llama la atención esta bajada del monte de las Bienaventuranzas. Qué distinta de aquella bajada de Moisés del monte Sinaí entre truenos, relámpagos, miedos y castigos. Jesús, bajas de la montaña de Dios, pero un Dios Padre, lleno de compasión y de ternura.
No bajas para castigar sino para salvar; no bajas para meter miedo, sino para dar confianza; no bajas porque no te lo pases bien en el monte, sino porque los hombres y mujeres que están en el valle te necesitan.
Que yo sepa bajar de la contemplación a la acción.

Jesús sube no atraído por el aire sano de la montaña ni por el intenso olor de las flores en primavera, sino por el inmenso e infinito amor del Padre. Algo grande, inefable, misterioso ocurre siempre que Jesús se interna en el silencio de la noche y abre su corazón a la ternura infinita del Padre. Para Jesús esta oración es una fuerte atracción, una imperiosa necesidad, una íntima y gozosa experiencia. 

Pero Jesús baja al valle donde están los problemas de la gente. Y, en este caso, se encuentra con un problema terrible, el de la enfermedad de la lepra. En realidad, son tres enfermedades en una:
a) la física, dolorosa y difícil de curar;
b) la social, que le apartaba de la sociedad para no contagiar.
c) la religiosa, creyendo que eso sucedía como un castigo de Dios.

Y aquí está Jesús para sanarlo todo. Le cura la lepra y deja ya de sufrir físicamente. Lo manda al sacerdote para que certifique que está curado y así pueda ya insertarse en la sociedad. Y, sobre todo, le cura de la enfermedad más terrible, la de creer que Dios está lejos de él.  Y Jesús le dice que Dios está tan cerca de él que lo toca. 
Ese gesto por parte de Jesús es para expresarle con un apretón de manos, lo equivocado que estaba cuando se creía lejos de Dios. Dios no se contagia al tocar de cerca nuestras miserias y nuestras enfermedades.

Señor, tu amor siempre me sorprende y me desborda. No te limitas a hacer el bien sino que lo quieres hacer bien. No te gusta emplear el bisturí para curar; te basta con el ungüento de tu dulzura, con la unción de tu bondad, con la caricia de tu mano, con la sonrisa de tus labios, con la ternura de tu corazón. ¡Qué bisturí tan bonito el de Dios!


Soberano médico de las almas, mira sus heridas, vierte sobre ellas el bálsamo que puede curarlas y que tú sólo posees. Diles a cada uno, diles a todos: Yo soy su salvación. (Oración por los niños)

Como aquél leproso me acerco a Ti,
para suplicar que te apiades de mí.
Lo he intentado todo y he fracasado;
todos me dieron la espalda,
nadie se apiadó de mí.
Lo único que guardo es mi fe en Ti.

Señor, si tú quieres, puedes sanarme.
Señor, si tú quieres, puedes limpiarme.
Señor, si tú quieres, puedes liberarme.

Me siento cansado de vivir así.
Mi única esperanza es mi fe en Ti.

Si tú quieres puedes sanarme.
Si tú quieres puedes limpiarme.


San José María Robles Hurtado (1888-1927) fue un sacerdote mexicano, mártir de la persecución anticatólica durante la Guerra Cristera.
Ingresó muy joven al Seminario de Guadalajara. Era un estudiante brillante y fue ordenado sacerdote en 1913. Se destacó como predicador, director espiritual, escritor y educador. Durante los años de persecución religiosa continuó ejerciendo su ministerio con valentía, atendiendo a los enfermos, confesando durante largas horas y promoviendo la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
Toda su espiritualidad giraba en torno al amor al Corazón de Jesús presente en la Eucaristía. Fundó la congregación de las Hermanas del Corazón de Jesús Sacramentado y escribió numerosas obras espirituales para difundir esta devoción. Sus contemporáneos llegaron a llamarlo cariñosamente «el loco del Sagrado Corazón» por su ardor apostólico.
Durante la persecución religiosa mexicana fue perseguido por seguir ejerciendo su sacerdocio. Fue capturado y llevado a la Sierra de Quila. Allí fue ahorcado el 26 de junio de 1927.
Fue beatificado en 1992 y canonizado el 21 de mayo de 2000, junto con otros mártires mexicanos de la persecución religiosa.