9 de mayo de 2026

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Evangelio del día

Santa Luisa de Marillac


Hoy reza por las vocaciones
Jeset Tecalco
Ser Hermano es dar la vida sin esperar nada a cambio.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí.
Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, él mundo los odia.
Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió.

Sí, efectivamente, los seguidores de Jesús se quieren y viven como Jesús quiso, eso tuvo que suponer una innovación que pronto se vio como amenaza y peligro para “el sistema” o “el orden establecido”. Por eso Jesús les anuncia “el odio del mundo”. La palabra “mundo” traduce el término griego “Kósmos”, que remite, no solo a la idea de “totalidad”, sino también a lo que es el “sistema”, la “institución” y finalmente, el “ornato” o adorno que usan las personas.

¿Por qué “el orden establecido” odió a Jesús y odia a quienes le siguen? Porque el sistema del orden presente se basa en el “interés” (económico, político…) que controla y domina la libertad. Por el contrario, el Proyecto de Jesús se basa en relaciones de amor y libertad, que, al poner sus preferencias en los últimos, entra en conflicto con los intereses de poder, de acumulación que generan tanta exclusión, violencia y sufrimiento en nuestro mundo (guerras, genocidio, destrucción). El amor entre personas, que optan por los más desgraciados, puede ser una seria amenaza par los intereses del poder.

Jesús ejerce una soberanía, sobre quienes le siguen, que inevitablemente es un peligro para el “orden” de este mundo. Además, cuando hablamos del “orden de este mundo”, nos referimos, por supuesto, al ordenamiento político y económico”. Pero no solo eso. La soberanía de Jesús, al ser soberanía sobre los pobres y excluidos, es también un peligro y una amenaza para el ordenamiento religioso. Todo poder, también el religioso, se siente mal cuando percibe que la fuerza del amor, que platea el Evangelio, cobra vigor y va en serio, con todas sus consecuencias.


No temo para ella (la Iglesia) la persecución de la espada, sino la persecución de la indiferencia de parte de sus propios hijos, y de algunos de sus ministros, incluso. (Carta 14 agosto 1815)

El mundo está triste, herido y sangrando,
todo parece acabar.
Ya no hay más esperanza,
no se ve una sonrisa,
una flor, algún cantar.
Mas cuando el brillo del día
irrumpe en las nubes
viene un sueño feliz, el despertar.

Cuando los lazos de amor me abrazan,
me conducen a Dios.
Yo siento en mi la esperanza
que me eleva y me pone de pie.
Y es cuando me abro a su fuerza
que todo lo puede.
Dejo atrás el temor,
me pongo a andar.

Hay que dejar que lo nuevo despierte,
soltar la ilusión que nos engaña,
encandila, brilla, explota como pompas de jabón,
y armarse de nuevas certezas,
amarse con toda ternura,
y entregarse al amor
que sólo Dios sabe dar.

Cuando encontramos el mismo camino,
nace el pueblo de Dios,
que de noche va peregrino, cantando con fe.
Y nada detiene el deseo de ir paso a paso
buscando al Señor, el Reino de Dios.


Luisa de Marillac (1591–1660) fue una gran figura de la caridad cristiana en Francia y cofundadora de las Hijas de la Caridad.
Nació en París en una familia noble, pero su infancia estuvo marcada por la incertidumbre: era hija natural y quedó huérfana de madre muy joven. Recibió una buena educación en un ambiente religioso, lo que despertó en ella un profundo deseo de consagrarse a Dios.
En su juventud quiso ser religiosa, pero su débil salud se lo impidió. Se casó con Antonio Le Gras, con quien tuvo un hijo. Durante su matrimonio atravesó una fuerte crisis espiritual, hasta que en 1623 tuvo una experiencia interior decisiva que le dio paz y orientación.
Tras quedar viuda, conoció a Vicente de Paúl, quien se convirtió en su guía espiritual. Junto a él descubrió su verdadera misión: el servicio a los pobres. En 1633 fundaron las Hijas de la Caridad, una comunidad innovadora para su tiempo: mujeres consagradas que no vivían en clausura, sino que salían al encuentro de los necesitados en hospitales, escuelas y casas. Bajo la dirección de Luisa, la congregación creció rápidamente, dedicada a los enfermos, huérfanos y marginados.
Murió en 1660 en París. Fue canonizada en 1934 y es considerada patrona de los trabajadores sociales.