24 de septiembre de 2026

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Evangelio del día

Nuestra Señora de la Merced

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: Mujer, aquí tienes a tu hijo.
Luego dijo al discípulo: Aquí tienes a tu madre.
Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: “He ahí a tu madre”.
Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre.
Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre.

En aquella hora en la que la fe de los discípulos se agrietaba por tantas dificultades e incertidumbres, Jesús le confió a aquella que fue la primera en creer, y cuya fe no decaería jamás.
Y María se convierte en nuestra Madre en el momento en el que pierde al Hijo divino.
Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres, buenos y malos, y los ama como los amaba Jesús.
La mujer que en las bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los demás.
María se convierte así en fuente de esperanza y de verdadera alegría.

La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión.
Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras.
De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María.
A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz.
Y la invocamos todos juntos: ¡Santa Madre de Dios!
(Papa Francisco, 1º de enero de 2014).


Me queda hablarles de uno de los más poderosos medios de perseverancia. Y es el de colocarse bajo la protección de esta Virgen augusta y santa que Jesucristo al morir nos ha dado por madre desde lo alto de la cruz… Nunca he oído decir, señala S. Bernardo, que quien ha puesto su confianza en María haya sido abandonado. (Fin del retiro de los alumnos de Malestroit)

Como una tarde tranquila,
como un suave atardecer
era tu vida sencilla
en el pobre Nazaret.
Y en medio de aquel silencio
Dios te hablaba al corazón.

Virgen María, Madre del Señor,
danos tu silencio y paz
para escuchar su voz.

Enséñanos, Madre buena,
cómo se debe escuchar
al Señor cuando nos habla
en una noche estrellada,
en la tierra que dormida
hoy descansa en tu bondad.

Y, sobre todo, María,
cuando nos habla en los hombres,
en el hermano que sufre,
en la sonrisa del niño,
en la mano del amigo
y en la paz de una oración.

Virgen María, Madre del Señor,
danos tu silencio y paz
para escuchar su voz,
Para escuchar al Señor.


La Virgen de la Merced es una advocación mariana nacida en España durante el siglo XIII. La palabra “merced” significa misericordia, ayuda o gracia.
Según la tradición, la Virgen María se apareció en 1218 a san Pedro Nolasco y le pidió que fundara una comunidad dedicada a rescatar a los cristianos que habían sido capturados durante los conflictos entre musulmanes y cristianos. Así nació en Barcelona la Orden de la Merced, con el apoyo del rey Jaime I de Aragón y de san Raimundo de Peñafort.
Los religiosos mercedarios, además de los votos habituales de pobreza, castidad y obediencia, asumían un cuarto compromiso: estar dispuestos a entregar su propia vida o permanecer como rehenes si eso era necesario para liberar a los cautivos. La devoción llegó a América con los misioneros españoles.
la Virgen de la Merced nos recuerda que Dios quiere liberar a sus hijos de todas las formas de esclavitud: la injusticia, la violencia, las adicciones, la soledad y todo aquello que les impide vivir con dignidad y libertad.