En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: ¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos? Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos.El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial.
Señor, hoy en el día de los ‘ángeles custodios’ vengo a pedirte que sepa ser siempre niño, como dice el evangelio. Que no me acostumbre a sentirme importante, que no pierda la sencillez, el encanto, la admiración, la sinceridad y las ganas de jugar. Que los santos ángeles custodien estas virtudes de niño necesarias para entrar en el Reino de los cielos.En el capítulo 18, San Mateo nos propone algunos elementos esenciales de una comunidad cristiana. Y, lo primero para él es “hacerse niño”. El niño se deja querer, por sus padres, por sus hermanos, por su familia y por todo el mundo. Dejarse querer, dejarse obsequiar, dejarse regalar por un Dios “Abbá” es lo más importante en nuestra vida cristiana. En el cristianismo ni siquiera el amar es lo primero, sino el dejarse amar. “En esto consiste el amor: en que Él nos amó primero” (1Jn. 4,10). El niño tiene capacidad de ‘sorpresa’. Va aprendiendo cada día y, ante todo lo que le supone una novedad, abre unos ojos como platos. Dios es ‘Misterio’ y ante Él debemos caminar de ‘gracia en gracia’ ‘de sorpresa en sorpresa’. El niño no tiene ‘pasado’ y por lo tanto ‘no tiene prejuicios’ de la gente. Él cree que todos son sus familiares. Y, sobre todo, el niño tiene una vida por delante. Lo suyo es ‘crecer’ sin que haya nada que le detenga. En el mundo del espíritu hay que estar creciendo cada día. No cabe detenerse. Para entrar en el reino de los cielos, “hay que hacerse niño”.Gracias, Dios mío, por haber descubierto las hermosas cualidades de los niños. Yo quiero ser niño, quiero vivir feliz en dependencia gozosa con mi Padre Dios. Quiero mirar a las personas sin prejuicios, como a hermanos míos. Quiero vivir estrenando la vida sin que ésta se haga vieja por los años. Y quiero que la muerte me sorprenda ‘creciendo’.
Queridos niños a los que Jesús nuestro Salvador ha amado tanto, que se ha dignado abrazar y bendecir, vengan con nosotros, permanezcan con nosotros; seremos los ángeles guardianes de su inocencia; seremos sus defensores y sus padres; nos entregaremos por ustedes; ningún sacrificio nos parecerá demasiado grande para salvarlos” (S.VII 2270-2275)
Caminando por las sendas de este mundo,si descubres un niño sin poder crecer,abre tu escuela menesianay así podrás tener fuerzas y alaspara poder volar.Atrévete, vamos a construir. ¡Ven!un cielo para que suene su vozy cante libre.Mírate, abre tu corazón ya,para buscar…Si entendemos la esperanza menesianay ponemos a nuestro sueño su color.Un arcoíris limpio y grande alumbrarála senda para todos juntos andar.Atrévete, vamos a construir. ¡Ven!un cielo para que suene su vozy cante libre.Mírate, abre tu corazón ya,para buscar…Busca la estrella que guiaránuestro camino al andar.