9 de febrero de 2026

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Evangelio del día

San Marón – San Miguel Febres Cordero

Después de atravesar el lago, llegaron a Genesaret y atracaron allí.
Apenas desembarcaron, la gente reconoció en seguida a Jesús, y comenzaron a recorrer toda la región para llevar en camilla a los enfermos, hasta el lugar donde sabían que él estaba.
En todas partes donde entraba, pueblos, ciudades y poblados, ponían a los enfermos en las plazas y le rogaban que los dejara tocar tan sólo los flecos de su manto, y los que lo tocaban quedaban curados.

El texto nos presenta la euforia de la gente de Galilea, que de todas partes trae a los enfermos para que Jesús los cure. Su fama llega a su culmen. En los próximos días veremos cómo los fariseos viajarán de Jerusalén para ver el fenómeno y juzgar al respecto. Por eso luego se retirará fuera de Israel, aunque tampoco allí lo dejarán tranquilo.

Sigue en juego la identidad de Jesús. Ni los discípulos logran hacerse una idea de quién es. Unos versículos antes de este texto se nos dice que ellos lo confundieron con un fantasma.
Antes de eso no lograron entender el gesto de atender a la gente, en lugar de despedirlos y dedicarse a lo que habían ido a hacer, que era descansar. Entre tanto los fariseos vendrán a chusmear para ver quién es ese predicador y curandero que se está haciendo famoso en el norte. La gente lo busca porque los cura y les da de comer.

Jesús se nos escapa de las manos. Siempre nos quedamos cortos y normalmente las palabras que decimos no expresan claramente quien es, ni lo que sentimos frente a él. Sabemos cosas de él, podemos hablar, enseñar a otros, pero, ¿ese es Jesús? Fácilmente nos hacemos una imagen que coincida con nuestras ideas, con nuestros proyectos, con nuestros sueños. Hemos visto a Jesús representado con el puño en alto, o con los ojos claros y buena pinta, cual actor de Hollywood, o con posturas místicas, para gente devota, etc. Lo han usado para justificar guerras y matanzas o para gozar sin remordimientos de la riqueza mal habida. Lo hemos usado.

Él pide que lo sigamos, que seamos sus discípulos, que nos abandonemos en sus manos y que nos dejemos configurar. Pidamos al Espíritu esa gracia


¿Puedo decir, oh Jesús mío, que soy tu discípulo? Y si no soy tu discípulo ¿quién soy? ¿En qué están fundadas mis esperanzas de salvación? (Retiro de la Congregación de Saint-Méen. 1826)

Yo te buscaba hasta que te encontré.
Necesitaba de ti.
Tú me llamaste y la puerta te abrí.
Me revelaste tu amor
y hoy, mi Dios,
quiero vivir junto a ti.

Tú te entregaste y moriste por mí.
Me regalaste el perdón.
Ahora tú vives en mí corazón.
Todo lo puedo en ti.
Aquí estoy, todo es tuyo, Señor.

Te seguiré hasta el final.
No quiero ya mirar atrás.
Mi corazón cantará
que tú eres Dios.
Oh oh oh, oh oh oh

Tú eres la meta que quiero alcanzar,
Vida, camino y verdad.
Con mis hermanos vamos a luchar
juntos por la santidad.
Por tu amor
todos podremos cantar.

La cruz delante va
y el mundo queda atrás.
Contigo voy hasta la eternidad.


San Marón fue un monje y eremita cristiano del siglo IV, nacido en la región de Siria. Vivió una vida de gran austeridad y oración, retirado en una montaña cercana al río Orontes, donde se dedicó totalmente a la contemplación y a la penitencia, incluso viviendo a la intemperie como signo de entrega radical a Dios.
Su santidad y sabiduría atrajeron a numerosos discípulos, a quienes formó en la vida monástica. San Marón fue reconocido por su profunda vida espiritual y por los dones de curación que muchos le atribuían. Tras su muerte, sus seguidores continuaron su obra y dieron origen a una tradición espiritual que, con el tiempo, se consolidó en la Iglesia Maronita.
Es venerado como el padre espiritual de los maronitas
.

San Miguel Febres Cordero (1854–1910) fue un religioso ecuatoriano de la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle), destacado educador, escritor y hombre de profunda fe.
Nació en Cuenca, Ecuador, con una discapacidad física que no le impidió desarrollar una notable inteligencia y sensibilidad espiritual. Ingresó muy joven a los Hermanos de La Salle, donde se dedicó a la enseñanza y a la formación cristiana. Fue un gran humanista, experto en lengua y literatura, y autor de importantes textos escolares que marcaron la educación en Ecuador y otros países de América Latina.
Su vida estuvo marcada por la humildad, la obediencia y el amor a la Eucaristía y a la Virgen María. A pesar de sufrir incomprensiones y dificultades, permaneció fiel a su vocación educativa. Pasó sus últimos años en Europa, especialmente en Bélgica, donde murió con fama de santidad.
Fue canonizado por el papa Juan Pablo II en 1984 y es reconocido como modelo de educador cristiano, especialmente para maestros y catequistas.