18 de febrero de 2026

Dom
15
Feb
Lun
16
Feb
Mar
17
Feb
Mié
18
Feb
Jue
19
Feb
Vie
20
Feb
Sáb
21
Feb

Evangelio del día

Miércoles de Cenizas

Jesús dijo a sus discípulos: Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo.
Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Jesús, en el Sermón de la Montaña, nos propone tres caminos concretos para vivir una relación auténtica con Dios: el ayuno, la oración y la limosna. No son prácticas aisladas ni meramente externas; son expresiones de un corazón que quiere volver a Dios con sinceridad.

1. La limosna: abrir las manos
No se trata de exhibir bondad, sino de dejarnos tocar por la necesidad del hermano. La limosna nos libera del egoísmo y nos recuerda que todo lo que somos y tenemos es don. Dar no es perder: es participar del modo de amar de Dios. Cuando compartimos, nuestro corazón se ensancha y comenzamos a mirar el mundo con compasión. La limosna no es solo dinero: es tiempo, escucha, paciencia, perdón. Es hacernos prójimos.

2. La oración: abrir el corazón
Jesús también nos enseña a entrar en lo secreto, a cerrar la puerta y hablar con el Padre que ve en lo escondido. La oración es relación, intimidad, confianza. Orar no es multiplicar palabras, sino aprender a escuchar. En la oración dejamos de aparentar y nos presentamos tal como somos. Allí Dios nos purifica la intención, sana nuestras heridas y ordena nuestros deseos.

3. El ayuno: abrir el deseo
El ayuno es quizás el gesto más incomprendido. No es desprecio del cuerpo ni simple esfuerzo ascético. Es crear espacio interior. Al privarnos de algo legítimo, reconocemos que no vivimos solo de pan, sino de Dios. El ayuno revela nuestras dependencias y nos ayuda a recentrar el corazón. Nos enseña a decir “no” para poder decir un “sí” más grande. Es hambre de Dios y solidaridad con los que no tienen.

Limosna, oración y ayuno están profundamente unidos: La limosna purifica nuestra relación con los demás. La oración purifica nuestra relación con Dios. El ayuno purifica nuestra relación con nosotros mismos.
Las tres prácticas nos conducen a la verdad del corazón. Jesús no pide gestos espectaculares, sino autenticidad. No quiere discípulos que aparenten santidad, sino hijos que vivan en lo secreto bajo la mirada amorosa del Padre.

Cuando estas tres dimensiones se viven juntas, el corazón se unifica. Y entonces descubrimos que el verdadero premio no es el reconocimiento humano, sino la alegría silenciosa de sabernos amados y transformados por Dios.


Dígnese el señor hacer de nosotros hombres según su corazón, entregados a su Iglesia, desprendidos de nosotros mismos, pobres de espíritu, dispuestos a emprender todo y a sufrirlo todo por anunciar su palabra, extender su reino y alumbrar en el mundo este fuego divino que Jesucristo ha venido a traerla, este fuego purificador y nutriente, este amor inmenso, inenarrable, que es la vida celeste. Han sido llamados a algo grande, tengan sin cesar bajo sus ojos esta alta vocación, para trabajar en hacerse dignos de ella” (Normas para el retiro. Espíritu religioso) 

Misericordia quiero y no sacrificios. (bis)

Escucha pueblo mío, acoge mi palabra.
Esté tu oído atento, te mostraré la vida:
No me gustan las ofrendas
que se quedan en lo externo.
el culto que yo quiero
es la humildad y la justicia.

No olvides la denuncia
que hicieron los profetas:
«Mi pueblo me da honra
tan solo con los labios.
Pero está su corazón lejos de mi voluntad.
Su doctrina son preceptos
inventados por los hombres».

Quitad de vuestro culto
las prácticas vacías.
Buscadme sin descanso
con todo el corazón.
Vuestra ofrenda habrá de ser
un espíritu contrito,
un humilde corazón
será vuestro sacrificio.

Levanta al oprimido,
al huérfano defiende;
protege a las viudas;
lo recto buscarás.
Comprensión y bondad
son los dones que me agradan.
Holocausto aceptable
es hacer mi voluntad.


El Miércoles de Ceniza es una llamada personal. Cuando la ceniza toca nuestra frente, Dios toca también nuestro corazón. La cruz trazada con ceniza es frágil: un pequeño gesto que puede borrarse fácilmente. Así es también nuestra vida. No somos eternos en esta tierra. Somos polvo… pero un polvo amado por Dios. Un polvo que Él quiso levantar, modelar y salvar.
La invitación a la conversión no es un reproche, sino una oportunidad. Dios no nos recuerda que somos polvo para humillarnos, sino para liberarnos de nuestras falsas seguridades. Nos invita a volver a lo esencial: amar más, perdonar más, confiar más.