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Evangelio del día

San Felipe Neri – Santa Mariana de Jesús

Pedro dijo a Jesús: Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
Jesús respondió: Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos, campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna. Muchos de los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros.

Dejar seguridades, afectos, proyectos o comodidades siempre implica una pérdida, y Jesús no niega eso. De hecho, menciona también “las persecuciones”, como diciendo que el seguimiento no elimina el dolor ni garantiza una vida fácil.

Pero la promesa de Jesús es profunda: quien entrega algo por amor y por fidelidad al Evangelio no queda vacío. Recibe “el ciento por uno”. No necesariamente como riqueza material, sino como una nueva manera de vivir. Aparecen nuevos vínculos, nuevas familias, nuevas formas de pertenecer y de amar. Muchas personas descubren esto cuando sirven, acompañan, perdonan o eligen un camino de sentido antes que uno de comodidad. Pierden algo, sí, pero también ganan una profundidad que antes no conocían.

La frase final, «muchos de los primeros serán los últimos y los últimos los primeros”, rompe la lógica habitual del mundo. Jesús cuestiona la idea de éxito basada en poder, prestigio o reconocimiento. En el Reino de Dios, el valor de una persona no se mide por cuánto posee o cuánto domina, sino por cuánto ama, cuánto entrega y cuánto es capaz de permanecer fiel incluso en medio de las dificultades.

Es una invitación a confiar. A veces tememos soltar algo porque creemos que perderemos demasiado. Este texto sugiere que hay cosas que sólo pueden encontrarse cuando uno se anima a desprenderse, la libertad interior, la fraternidad auténtica y una vida con sentido más profundo. Nada de lo que se entrega por amor verdadero queda estéril.


Busquemos en primer lugar el Reino de Dios y su justicia y lo demás se nos dará como recompensa. (A la congregación de San Pedro, 1829)

Todo para vos, sólo para vos.
Yo soy para Dios.

Mi nombre,
el dibujo de la huella digital
que delinea mi identidad.
Mi historia,
el camino que he tenido que abrazar,
mi cansancio y el deseo de llegar.
Y mis anhelos,
mi más profundo sueño,
cada suspiro de mi corazón
es tuyo.

Todo para vos, sólo para vos.
Yo soy para Dios.

Mis manos
y el esfuerzo cotidiano por el pan,
la cosecha y la siembra.
Mi cuerpo y mi alma,
mi salud, mi enfermedad,
mi virtud y mi debilidad.
Y mis afectos,
a quienes yo más quiero,
cada mirada que alumbra mi voz
es tuya, mi Señor.

Todo para vos, sólo para vos.
Yo soy para Dios.

Mi todo, mi 100%,
mi todo, mi 100%,
de sol a sol, de enero a enero,
de vientre a vientre, te lo entrego.


San Felipe Neri nació en Florencia, Italia, en 1515. Desde joven mostró gran bondad y alegría, por lo que lo llamaban “Felipe, el bueno”. Aunque su familia quería que se dedicara al comercio, él sintió una fuerte vocación religiosa y se trasladó a Roma para estudiar filosofía y teología.
En Roma se dedicó a ayudar a los pobres, enfermos y peregrinos. Su vida estuvo marcada por la oración, la caridad y el buen humor. Fue ordenado sacerdote en 1551 y se hizo muy conocido por su cercanía con los jóvenes y por enseñar la fe de una manera alegre y sencilla.
Fundó la Congregación del Oratorio, una comunidad religiosa dedicada a la oración, la educación y las obras de caridad. Su trabajo fue muy importante durante la reforma de la Iglesia católica en el siglo XVI.
San Felipe Neri murió en Roma el 26 de mayo de 1595. Fue canonizado en 1622 y hoy es conocido como “el santo de la alegría”.

Santa Mariana de Jesús nació en Quito en 1618. Desde muy pequeña mostró una profunda fe y deseo de dedicarse a Dios. Quedó huérfana siendo niña y fue criada por su hermana mayor. Aunque pensó entrar en un convento, finalmente vivió una vida de oración y penitencia en su propia casa.
Se destacó por su gran caridad hacia los pobres y enfermos. Llevaba una vida sencilla, ayudaba a quienes sufrían y dedicaba muchas horas a la oración. Por su amor a Dios y sus sacrificios, fue conocida como “la Azucena de Quito”.
Según la tradición, durante una epidemia y varios terremotos que afectaron a Quito en 1645, ofreció su vida a Dios para que terminara el sufrimiento de su pueblo. Poco después enfermó gravemente y murió el 26 de mayo de 1645, a los 26 años. Fue canonizada por Pío XII en 1950 y es considerada la primera santa del Ecuador.