13 de agosto de 2026

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Evangelio del día

Santos Hipólito y Ponciano

Pedro se acercó y le dijo: Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?
Jesús le respondió: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: «Señor, dame un plazo y te pagaré todo».
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: «Págame lo que me debes».
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: «Dame un plazo y te pagaré la deuda». Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: «¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?»
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos.

Pedro se cree generoso cuando pregunta si debe perdonar “hasta siete veces”. Pero Jesús rompe cualquier cálculo: “setenta veces siete”. No se trata de llevar la cuenta hasta 490, sino precisamente de dejar de contar. El perdón cristiano no tiene una medida matemática.

La parábola explica por qué: hay una enorme desproporción entre las dos deudas. El primer servidor debe al rey una cantidad imposible de pagar. Sin embargo, cuando suplica, el rey no sólo le concede tiempo: le perdona toda la deuda. En cambio, ese mismo hombre es incapaz de perdonar a un compañero una deuda muchísimo menor.
Ahí está el centro de la parábola: el problema de aquel servidor es que recibió el perdón, pero no dejó que el perdón le cambiara el corazón. Experimentó la misericordia, pero siguió viviendo con la lógica de la exigencia, de las cuentas y de la deuda.

También nosotros podemos caer en esa contradicción. Pedimos a Dios que comprenda nuestras debilidades, que tenga paciencia con nuestros errores, que vuelva a darnos una oportunidad. Pero después podemos ser muy duros con las debilidades y errores de los demás.

Perdonar no significa decir que no pasó nada. Tampoco significa permitir que alguien siga haciéndonos daño, renunciar a la justicia o recuperar inmediatamente una relación quebrada. A veces será necesario poner límites. Perdonar significa algo más profundo: no dejar que la ofensa tenga la última palabra en nuestro corazón; renunciar a vivir alimentando el resentimiento y el deseo de devolver el mal recibido.

Hay una frase que podría resumir todo el Evangelio: El que se sabe perdonado, aprende a perdonar.


El mejor medio que uno tiene para obtener el perdón de sus defectos y para corregirse de ellos es reconocerlos. Como te dije en Rennes, me parece que tu tono es algo duro, hiriente, y bastantes personas se quejan de ello. Ya sabía que el H. Donato, en particular, había sido tratado mal de palabra por ti. No obstante, no me ha planteado ninguna queja contra ti. Me admira la dulzura y paciencia de ese buen Hermano. Espero, querido hijo, que aprovecharás de tu falta para tomar unas resoluciones saludables, y que en adelante no te ocurrirá nada parecido.” (Al H. Maximiliano, 16 de junio de 1850)

Un día un rey quiso ajustar cuentas
con sus servidores
y le presentaron a un siervo
que mucho debía.
Pero el hombre no tenía
como devolver los talentos
y el rey mandó que vendieran
al siervo junto a su familia
y sus bienes también.
Pero el siervo al rey suplicaba clemencia
y pedía arrojado a sus pies:
“Todo te lo pagaré, Señor,
ten paciencia conmigo”.
Y el rey se mostró compasivo
y lástima tuvo de aquél,
y al siervo el buen rey perdonó,
sin deuda, libre se marchó.

Preguntas si hay que perdonar siete veces,
mas setenta veces siete.
No bastan, no bastan.
paciencia con todos tendrás, como el Padre,
que no tarda en perdonarte
y amarte y amarte.
Y Dios mirará y perdonarás.

Justo al salir el servidor
se encontró a un compañero
y lo agarró por el cuello
pues le debía dinero.
Y aunque poco le debía el sirviente exigía:
“¡Tú págame ya!”
De rabia por poco lo ahorcaba
y el que le debía se puso a rogar,
pidiendo al siervo de rodillas
fuera compasivo y pudiera esperar:
“Todo te lo pagaré,
sólo ten paciencia conmigo”.
Mas su ruego no fue atendido,
el siervo no quiso escuchar,
y entonces lo hizo apresar
hasta que pudiera pagar.

Contaron lo ocurrido al rey
que al siervo llamando espetó:
“Tanto que te he perdonado,
pagarás porque has negado
a tu hermano el perdón”.


San Ponciano fue papa de la Iglesia entre los años 230 y 235. Durante su pontificado tuvo que afrontar dificultades internas en la comunidad cristiana y, finalmente, la persecución del emperador Maximino, el Tracio. Fue arrestado y deportado a las minas de Cerdeña, donde las durísimas condiciones de trabajo terminaron provocando su muerte. Antes de partir, renunció al pontificado para que la Iglesia pudiera elegir un nuevo papa.
San Hipólito de Roma fue un importante sacerdote, teólogo y escritor cristiano. Tuvo fuertes desacuerdos con varios papas y llegó incluso a encabezar un grupo separado de la Iglesia, por lo que tradicionalmente se lo considera el primer antipapa de la historia.
Sin embargo, durante la persecución, Hipólito fue desterrado a Cerdeña junto con Ponciano. Allí ocurrió algo especialmente significativo: ambos se reconciliaron. Hipólito abandonó su oposición y volvió a la plena comunión con la Iglesia. Los dos murieron hacia el año 235, a causa de los sufrimientos padecidos en el destierro.
Por eso la Iglesia los celebra juntos el 13 de agosto. Su historia deja un hermoso mensaje: las diferencias y enfrentamientos no tienen por qué tener la última palabra. Ponciano e Hipólito, que habían estado enfrentados, terminaron unidos por la fe, la reconciliación y el martirio.