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Evangelio del día

Santos Cosme y Damián – Beato Luis Tezza

Mientras todos se admiraban por las cosas que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: Escuchen bien esto que les digo: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.
Pero ellos no entendían estas palabras: su sentido les resultaba oscuro, de manera que no podían comprenderlas, y temían interrogar a Jesús acerca de esto.

El evangelio de Lucas recoge, en el texto que se acaba de leer, el segundo anuncio de la pasión de Jesús hizo a sus discípulos. Es un evangelio duro y exigente. Porque está construido en forma de contraste. El contraste entre la “admiración” de la gente que elogiaba a Jesús por lo que hacía; y el “rechazo” de los que, precisamente por lo que hacía, querían matarlo. La conducta de Jesús no pasó desapercibida, ni resultó indiferente. Todo lo contrario. Jesús provocó, al mismo tiempo, la máxima admiración y el máximo rechazo. En la vida no se puede contentar a todos, ni estar bien con todo el mundo. Es decir, la pretendida “neutralidad”, que algunos quieren, es sencillamente imposible. El silencio y la pasividad de los “neutrales” (ingenuos o cobardes) es tomar postura a favor del que tienen más poder. Tenía razón Martin Luther King: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los de sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”.

Lo que más destaca este evangelio es la incomprensión y el miedo de los discípulos. Ellos se habían hecho ilusiones falsas del Mesías que los había llamado y escogido. Y también se había montado fantasías de éxitos e importancias con el asunto del Reino. La petición de los Zebedeos y el enfrentamiento que aquello provocó (Mt 20, 20-28; Lc 22,25-26; Mc 10,35-46) son indicadores elocuentes. Ciertamente, las aspiraciones de los discípulos no coincidían con el proyecto de Jesús. Es algo que nos ocurre a todos. El lenguaje de Jesús nos resulta oscuro, no captamos su sentido y, sobre todo, nos da miedo. Nunca lo decimos, pero nos da miedo. Nos da miedo que de nosotros se diga lo que se dijo de Jesús. Nos da miedo que la Religión nos rechace como rechazó a Jesús. Nos produce más miedo perder el cargo, vernos metidos en líos, que se nos tenga por sospechosos o indeseables. Nos cuesta reconocerlo, pero los miedos de aquellos hombres son nuestro miedo, los miedos de todos.

Los deseos que ocultamos; y el miedo que nos sella la boca para ciertos asuntos y en determinados temas, esos deseos y ese miedo, son tan feos y tan impresentables, que los disfrazamos como sea y de lo que sea. El disfraz más frecuente es el que nos proporcionan las motivaciones religiosas. Y así, por “fidelidad a mi vocación” o a “lo que dijo el papa”, ocultamos cosas que jamás se deberían ocultar.  Es el “disfraz de los prudentes”. Los que hacen posible que se perpetúe la sociedad canalla.


No hay que hacerse ilusiones e imaginarnos que abrazando este nuevo género de vida no tendremos que sufrir nada; ¿qué mérito tendríamos si fuera así? Sin duda, Dios nos ha reservado muchos consuelos y muchas alegrías. Sí, será fiel a sus promesas; recibiremos el céntuplo de todo de lo que hayamos dejado; pero también tendremos nuestra cruz que llevar, nuestro cáliz que beber, nuestros clavos, nuestras espinas, nuestra flagelación; y el vinagre y la hiel nos serán presentados para calmar nuestra sed.
Hijos míos que esta visión anticipada de los sufrimientos refuerce nuestra fe. Sí, cantemos himnos de acción de gracias. Y uniendo de antemano nuestros sentimientos a los de Cristo, nuestro sacrificio al suyo, repetiremos también su plegaria: ‘Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya’”.(Sermón sobre la necesidad de imitar a Jesús)

Brilla en los ojos un fuego que arde
y despierta una llama en mi corazón.
Nueva es la paz y mayor la alegría;
los mismos colores, mas otro el sabor;
es lo eterno que viene de ti,
es lo eterno que viene de ti.

Hoy dejo atrás esa vida de siempre,
me pongo en camino, me ordeno hacia el fin.
El amor me llama, conozco el deseo
aunque pesa en mi vida el honor.
Me hago más libre en busca de ti,
me hago más libre en busca de ti.

Sin miedo abrazo y sigo tus pasos,
busco el camino, voy peregrino.
Sin miedo me confío en tu gracia,
me pongo en marcha, tu amor me basta.
Sin miedo abrazo, sigo tus pasos,
busco el camino, voy peregrino.
Sin miedo me confío en tu gracia,
me pongo en marcha, tu amor me acompañará.

Este camino, al igual que otros muchos,
exige la lucha, no excluye el dolor.
Caben mis rodeos y mis pies cansados,
también esas voces que me hacen dudar.
Pero en mis noches, me aferro de ti,
pero en mis noches, me aferro de ti.


San Cosme y San Damián fueron dos hermanos cristianos que vivieron entre los siglos III y IV, probablemente en la región de Siria. Según la tradición, eran médicos y atendían gratuitamente a los enfermos, por lo que fueron conocidos como los “santos sin dinero”. Con su servicio y su caridad daban testimonio de su fe en Jesucristo.
Durante la persecución del emperador Diocleciano fueron detenidos por negarse a renunciar al cristianismo. Después de sufrir diversos tormentos, murieron mártires alrededor del año 303.
Su fama se extendió rápidamente por Oriente y Occidente. Son patronos de los médicos, cirujanos, farmacéuticos y trabajadores de la salud.
San Cosme y San Damián nos recuerdan que los conocimientos y talentos recibidos de Dios deben ponerse al servicio de los demás, especialmente de quienes sufren y no pueden recompensarnos.

El beato Luis Tezza nació en 1841 en Conegliano, Italia. Siendo muy joven ingresó en la Orden de los Ministros de los Enfermos, fundada por san Camilo de Lelis, y fue ordenado sacerdote en 1864.
Dedicó su vida al cuidado espiritual y corporal de los enfermos, especialmente de los más pobres y abandonados. Junto con santa Josefina Vannini fundó en Roma la congregación de las Hijas de San Camilo, destinada a servir a quienes sufren con ternura y espíritu cristiano.
En 1900 fue enviado a Perú. Allí trabajó como sacerdote, confesor, director espiritual y servidor de los enfermos. Por su bondad y sabiduría, muchas personas lo llamaban “el santo de Lima”. Murió en esa ciudad el 26 de septiembre de 1923.
Fue beatificado por san Juan Pablo II en 2001. Su vida nos enseña a descubrir a Jesús en cada persona enferma y a acompañar el sufrimiento con compasión, cercanía y amor.