21 de agosto de 2026

Jue
20
Ago
Vie
21
Ago
Sáb
22
Ago
Dom
23
Ago
Lun
24
Ago
Mar
25
Ago
Mié
26
Ago

Evangelio del día

San Pío X

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?
Jesús le respondió: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Éste es el más grande y el primer mandamiento.
El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.

Señor, muchas veces yo he estado preocupado porque no sabía qué era lo que te gustaba o te disgustaba. Pero hoy ya no tengo dudas: Puedo agradarte si no me desvío de la senda del amor. Y te desagrado cuando tomo otro camino diferente. 

El amor a Dios y el amor al hombre ya estaban en los libros del A.T. Del amor a Dios se habla en el famoso Shemá que el buen israelita recita todos los días al levantarse: “Amarás a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas” (Dt. 6,5).
Del amor al prójimo nos habla el Levítico cuando dice: ”Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev. 19,18).

Y nos preguntamos: ¿Dónde está la novedad de Jesús?
La novedad, la genialidad de Jesús, está en lo siguiente: Estos dos mandamientos, que estaban en libros distintos, se vivían por separado. Así uno podía amar a Dios y no amar al hombre. Podía rezar muy piadosamente en el Templo y después ‘dar un rodeo al hombre que se desangra en el suelo’ (Parábola del samaritano). 
Jesús une estos dos mandamientos de modo que sean vasos comunicantes que, si uno sube de nivel, debe también subir el otro.
Lo dice muy bien San Juan: ”El que dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso” (I Jn. 4,20). 2)

En tiempo de Jesús, los mandamientos que debían saber y cumplir los judíos ascendían a 365. ¿Quién se podía acordar de todos? Y, sobre todo, ¿quién era capaz de cumplirlos todos? Porque para ellos todos eran importantes. Jesús reduce a dos todos los mandamientos: Amar a Dios y amar a los hermanos.

Señor, hoy no quiero acabar mi oración sin darte gracias por haber hecho del amor el mandamiento más importante de la vida, el único importante. Yo amando cumplo con Dios y con los hermanos. Yo amando, puedo realizarme como persona y ser feliz. ¡Gracias Señor!


En el cielo, todos los corazones no serán más que uno sólo en el corazón de Jesucristo, pero debe comenzar en la tierra, por la comunión de nuestros sentimientos, de nuestros esfuerzos y de nuestras oraciones”. (R 438)

Cuando el pobre nada tiene y aún reparte,
cuando un hombre pasa sed y agua nos da;
cuando el débil al hermano fortalece:
¡Va Dios mismo en nuestro mismo caminar!

Cuando sufre un hombre y logra su consuelo,
cuando espera y no se cansa de esperar;
cuando amamos, aunque el odio nos rodee,
¡Va Dios mismo en nuestro mismo caminar!

Cuando crece la alegría y nos inunda,
cuando dicen nuestros labios la verdad;
cuando amamos el sentir de lo sencillo:
¡Va Dios mismo en nuestro mismo caminar!

Cuando abunda el bien y llena los hogares,
cuando un hombre donde hay guerra pone paz;
cuando hermano le llamamos al extraño:
¡Va Dios mismo en nuestro mismo caminar!


San Pío X nació en 1835 en Riese, Italia, en una familia humilde. Su nombre era José Sarto. Fue sacerdote, obispo, patriarca de Venecia y, en 1903, elegido papa.
Se destacó por su sencillez, su cercanía con los pobres y su deseo de renovar la vida cristiana. Promovió la participación frecuente en la Eucaristía y permitió que los niños recibieran la Primera Comunión a una edad más temprana. También impulsó la enseñanza del catecismo y reformas en la liturgia y en la organización de la Iglesia.
Su lema fue: «Restaurar todas las cosas en Cristo». Murió en 1914, profundamente preocupado por el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Fue canonizado en 1954.