19 de febrero de 2026

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Evangelio del día

Jueves después de Cenizas

Jesús dijo a sus discípulos: El hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Después dijo a todos: El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?

Jesús no engaña a sus discípulos. No les promete éxito, prestigio ni seguridad. Les anuncia claramente el camino de la vida, que no es fácil. El “Hijo del hombre” no evita el dolor; lo atraviesa por amor. Y ese es el punto decisivo: la cruz no es fracaso, es fidelidad llevada hasta el extremo.

Cuando Jesús dice: “El que quiera venir detrás de mí…”, deja en claro que seguirlo es una elección libre. Nadie es obligado. Pero quien elige seguirlo debe renunciar a sí mismo. ¿Qué significa esto? No es despreciarse, sino dejar de ponerse en el centro. Es desplazar el ego para que Dios ocupe el primer lugar.

“Cargar con la cruz cada día” no se refiere solo a grandes sufrimientos. Son las pequeñas fidelidades cotidianas: aceptar con paciencia una dificultad, perdonar cuando cuesta, servir sin buscar reconocimiento, mantener la fe en medio de la oscuridad. La cruz de cada día es amar cuando no es cómodo.

Luego viene la gran paradoja: “El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que la pierda por mí, la salvará.”
El mundo propone acumular, asegurar, controlar. Jesús propone entregar, confiar, donar. El mundo mide el éxito por lo que se posee; Jesús lo mide por lo que se ama. Podemos ganar prestigio, bienes, poder, etc y sin embargo, perder el sentido profundo de la existencia. La vida no se arruina por fracasar, sino por vivir sin amor y sin verdad.


No sepamos más que una cosa: Jesús y Jesús crucificado; que nos desprecien, que nos insulten, que nos persigan, poco importa, o mejor, debemos alegrarnos; y si Dios nos da estos días pruebas y dolores, entonces también diremos: Este es el día del Señor, alegrémonos y démosle gracias” (S VIII 2525)

Quisiera ser puente de amor,
donde tú y el hombre se encontraran,
y darlo todo, hasta la cruz
para que el mundo entienda
cuánto lo amas.

Quisiera ser puente de paz
donde aquél que busca te encontrara;
tomar del hombre su dolor
para que por tu amor se vuelva gracia.

Quisiera ser tu Cruz
donde tu corazón ardiera
y se abriera para amar,
donde sólo quede de mí
tu voluntad.

Quisiera ser puente de luz,
que en la duda te transparentara,
para que en la oscuridad
el hombre siempre encuentre tu mirada.

Quisiera ser tu corazón,
donde brota el agua y el Espíritu,
con que se pueda lavar
toda nuestra impureza y egoísmo.