11 de agosto de 2026

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Evangelio del día

Santa Clara

En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: ¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?
​Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos.
El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.
Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial.
¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió?
Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron.
De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

El Evangelio nos presenta la escala de valores de Jesús en contraste con la de la sociedad e incluso la que dominaba a sus discípulos. El Señor es bien expresivo colocando a un niño en el centro, en el corazón de la comunidad. Es la actitud de Jesús, una actitud de servicio que quiere para los suyos porque sabe que, sólo así, pueden ser felices en plenitud, sólo así es posible experimentar el Amor de Dios.

Hay que cambiar y convertirnos para ver cómo nos ve Dios desde su corazón de Padre.

Hacerse como un niño no es ninguna ingenuidad, sino la expresión más perfecta de las Bienaventuranzas. Es un compromiso de vida al que nos llama Jesús y que nos aleja de los esquemas que dominan la sociedad de consumo, donde tantas veces el hombre es sólo un instrumento y no un valor por sí mismo. 

Ser como un niño es una tarea ardua, pero que merece la pena porque implica renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia, reconocer que nosotros solos nada podemos. Ser pequeños exige creer como creen los niños, pedir como piden los niños. Su amor es siempre joven porque olvida con facilidad las experiencias negativas: no las almacena en su alma, como hace quien tiene alma de adulto.

La parábola de la oveja perdida ejemplifica esta actitud. Todos somos importantes en la comunidad de Jesús, pero especialmente los más pequeños, los que se sienten perdidos en una sociedad que los desprecia y arrincona. Hay que ir a buscarlos allí donde se encuentren. En medio de la soledad, de la pobreza. Donde el hombre es descartado porque no «encaja» en los parámetros de valores sociales.


Me alegro de que estés contento con tus niños; ámalos mucho y santifícalos a todos. (Al H. Marcel, 29 de octubre de 1832)

Permanezcan en la mano de Dios como pequeños niños muy humildes, muy dóciles, muy sencillos que se dejan llevar, traer, levantar, acostar, que son dóciles y dispuestos a toda clase de movimientos, y Dios los bendecirá, los iluminará, y los recompensará en la eternidad del bien que hubiesen querido hacer como del que han hecho. (S VII p. 223
2)

¿Dime qué pasó?
Nos separamos los dos.
Vuelve a soñar. Sueña sin temor.
Encuéntrame que cerca, cerca estoy,
En el laberinto, que tu mente creó.
Toma mi mano y demos vuelta a nuestro mundo
Peleemos contra el tiempo
que sí estamos juntos
volverán dragones y princesas.
Llegarás a marte si lo intentas.
Le dirás al sol que no se apague
hasta que el juego no se acabe.
Comeremos sin que nos importe
que los dulces nos engorden.
Que al final ser niño es lo que cuenta.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Como quisiera explicarte
que el tiempo nos cambió,
pero somos iguales.
Dejaste atrás la fantasía,
ese correr sin ir de prisa.
Déjame encontrar tu corazón,
démole la vuelta al sol,
que esa alegría que nunca se olvida
vuelva a ser parte de tu vida.
Toma mi mano y demos vuelta a nuestro mundo.
Peleemos contra el tiempo
que sí estamos juntos
volverán dragones y princesas.
Llegarás a marte si lo intentas
Le dirás al sol que no se apague,
hasta que el juego no se acabe.
Comeremos sin que nos importe
que los dulces nos engorden.
Que al final ser niño es lo que cuenta.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ponte tu capa, ven y vuela,
desde Colombia a Venezuela.
Volverán dragones y princesas.
Llegarás a marte si lo intentas.
Le dirás al sol que no se apague,
hasta que el juego no se acabe.
Comeremos sin que nos importe,
que los dulces nos engorden,
que al final ser niño es lo que cuenta.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ven y vuela.
Qué pasó, nos separamos los dos.
Vuelve a soñar,
sueña sin temor.


Santa Clara de Asís (1194-1253) nació en Asís, Italia, en el seno de una familia noble. Desde joven sintió un fuerte deseo de consagrarse a Dios y quedó profundamente impresionada por la vida y la predicación de Francisco de Asís.
A los 18 años, decidió abandonar la comodidad de su familia. En la noche del Domingo de Ramos de 1212 huyó de su casa y se encontró con Francisco y sus hermanos en la pequeña iglesia de la Porciúncula. Allí se cortó el cabello, recibió un hábito sencillo y comenzó una nueva vida dedicada a Dios.
Poco después se instaló en el convento de San Damián, donde se le unieron otras mujeres, entre ellas sus hermanas y su madre. Así nació la comunidad que más tarde sería conocida como las Clarisas. Clara quiso vivir el mismo ideal de Francisco: pobreza, sencillez, fraternidad, oración y confianza absoluta en Dios. Renunció incluso a poseer bienes comunitarios, algo muy poco habitual en los monasterios de aquella época.
Fue una mujer de profunda oración y, al mismo tiempo, de gran fortaleza. Durante muchos años estuvo enferma, pero continuó acompañando y animando a sus hermanas. Sentía una especial devoción por Jesús presente en la Eucaristía.
Poco antes de morir consiguió que el papa aprobara la regla de vida que ella había defendido durante tantos años, basada especialmente en la pobreza evangélica.
Murió en San Damián el 11 de agosto de 1253. Dos años después fue canonizada.