20 de agosto de 2026

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Evangelio del día

San Bernardo

Jesús les habló otra vez en parábolas, diciendo: El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.
De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: «Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas».
Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.
Luego dijo a sus servidores: «El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren».
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.
«Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?». El otro permaneció en silencio.
Entonces el rey dijo a los guardias: «Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes». Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.

Dios está preparando una fiesta final para todos sus hijos, pues a todos los quiere ver sentados, junto a Él, en torno a una misma mesa, disfrutando para siempre de una vida plena.
Ésta fue ciertamente una de las imágenes más queridas por Jesús para sugerir el final último de la historia humana.
No se contentaba solamente con decirlo con palabras. Se sentaba a la mesa con todos y comía hasta con pecadores e indeseables, pues quería que todos pudieran ver plásticamente algo de lo que Dios deseaba llevar a cabo.
Por eso Jesús entendió su vida como una gran invitación en nombre de Dios.
Anunciaba la buena noticia de Dios, despertaba la confianza en el Padre, quitaba los miedos, encendía la alegría y el deseo de Dios. A todos debía llegar su invitación, sobre todo a los más necesitados de esperanza.

Jesús era realista. Sabía que la invitación podía ser rechazada.
Mateo describe diversas reacciones: Unos la rechazan de manera consciente: “No quisieron ir”. Otros responden con la indiferencia: “No hicieron caso”. Les importan más sus tierras y negocios. Hubo quienes reaccionaron de manera hostil contra los criados.

Son muchos los que ya no escuchan llamada alguna de Dios. Les basta con responder de sí mismos ante sí mismos. Sin ser, tal vez, muy conscientes de ello viven una existencia “solitaria”, encerrados en un monólogo perpetuo consigo mismos. El riesgo siempre es el mismo: vivir cada día más sordos a toda llamada que pueda transformar de raíz su vida.

Tal vez una de las tareas más importantes de la Iglesia sea hoy crear espacios y facilitar experiencias donde las personas puedan escuchar de manera sencilla, transparente y gozosa la invitación de Dios proclamada en el evangelio de Jesús. E ir a “los cruces de los caminos” por donde transitan tantas gentes errantes, sin tierras ni negocios, a los que nadie ha invitado nunca a una fiesta.
Ellos pueden entender mejor que nadie la invitación. Ellos pueden recordarnos la necesidad última que tenemos de Dios.


Mi corazón está lleno del deseo de que algún día estemos reunidos en el cielo, como lo estuvimos durante tanto tiempo y tan felizmente en la tierra por una misma fe. (Carta a Féli)

Dicen que Dios tiene sueños,
ocho billones de sueños.
Dicen que eres uno de ellos.
¡Mira qué hermoso destello eres de él!

Dicen que hay una casa
en donde el tiempo no pasa.
Dicen que no está muy lejos;
puedes llegar si te atreves a creer.

Todos a la mesa,
nadie queda fuera.
Ya no hay tiempo que perder.
Esta es la promesa,
gracia y vida eterna.
Ya no hay nada que temer.

Dicen que hay un banquete
inagotable y creciente.
Dicen que el rey quiere verte.
Hay un lugar preparado para ti.
Hay un lugar preparado para mí.

Oh oh oh…
Ya no hay nada que temer.

Un lisiado a la mesa se sentó,
con vergüenza sus heridas ocultó.
Mas al rey no le importó su condición:
«Bienvenido, hijo mío», declaró.
Y el lisiado en la historia era yo.


San Bernardo de Claraval nació en Francia en 1090, en una familia noble. Siendo joven ingresó en el monasterio cisterciense de Císter, acompañado por varios familiares y amigos. Poco después fue enviado a fundar el monasterio de Claraval, del cual fue abad durante toda su vida.
Se destacó por su profunda vida de oración, su austeridad y su gran amor a Jesucristo y a la Virgen María. Fue también un importante predicador y consejero de papas, obispos y gobernantes.
Trabajó intensamente por la renovación espiritual de la Iglesia y por la unidad entre los cristianos.
Escribió numerosas obras sobre la humildad, el amor de Dios y la contemplación.
Murió el 20 de agosto de 1153. Fue proclamado santo en 1174 y Doctor de la Iglesia en 1830.